Fútbol

La exigencia de la realidad

Martes 9 de agosto de 2017.

La sensación de alarma generada ayer en el Monumental tras el 0-1 de Guaraní sobre el final del primer tiempo dio el pie para pensar algo inédito en la era Gallardo. Porque su River, desde que él asumió como director técnico a mediados de 2014, nunca fue eliminado de una copa internacional tras perder en condición de local en el partido decisivo.

Es cierto: hace aproximadamente un año quedó afuera de la última Copa Libertadores como local frente a Independiente Del Valle, pero en ése caso había ganado el partido 1-0 y fue el 0-2 de la ida el que lo terminó eliminando.

En la Sudamericana 2014, donde River se consagró campeón invicto y todas las series culminaron en el Monumental, el récord fue inmejorable: todas victorias ante Godoy Cruz, Libertad, Estudiantes, Boca y Atlético Nacional. En la Libertadores 2015, la única serie que cerró como local fue la final ante Tigres, que derivó en un 3-0 y la obtención del trofeo continental más importante. En la Sudamericana 2016, todas las series se definieron de visitante. En la Recopa Sudamericana 2016 (la edición 2015 fue ante San Lorenzo y se definió con victoria en el Nuevo Gasómetro) frente a Independiente Santa Fe, fue también triunfo 2-1 para el conjunto millonario.

En fin, el River de Gallardo había ganado siempre el partido decisivo cuando le tocó definir en el Monumental.

Hasta ayer.

El triunfo 2-0 de la ida en Paraguay sirvió para que hinchas y jugadores encararan el partido con tiempo y tranquilidad, en un Monumental lleno de fanáticos que no presenciaban un partido allí desde junio pasado. Pero la calma no tardó en transformarse en euforia. A los pocos minutos del primer tiempo, un remate de afuera del área del Pity Martinez, que sacó con lo justo el arquero paraguayo, fue suficiente para romper con la tranquilidad del público. En medio de un partido friccionado e impreciso, la segunda chance clara apareció tras un desborde por izquierda de Enzo Pérez con centro para un Nacho Fernandez desmarcado que remató desviado en la puerte del área chica.

Del otro lado, un Guaraní necesitado intentó hacer pie con remates desde lejos que no generaron mayor peligro. Hasta el minuto 46, donde un tiro libre de larga distancia que tras un rechazo de Maidana encontró mal parado a River y bastó para que el equipo paraguayo se fuera al descanso con un 1-0 a favor que incomodó a todo el estadio.

A la incomodidad del juego se sumaba un resultado imprevisto por todos.

El comienzo del segundo tiempo fue aún más incomodo. A los 5 minutos del complemento, un pelotazo generó un mano a mano para Guaraní que, con resbalada de Lux incluída, Christian Chávez desvió por la izquierda. El 2-0 parecía estar al caer: la reacción debía ser inmediata.

Fue así como, menos de 70 segundos después, en un córner a favor y luego de un tumulto en el área, Pinola empató el partido 1-1 para River. El gol fue tan desprolijo como el juego que se vio a lo largo de los 90 minutos.

El empate sirvió para que el Monumental retomara la calma, esta vez parcialmente. El tiempo pasó y el partido siguió lleno de imperfecciones y sin claridad en el juego de ambos equipos. Llovieron centros al área de Lux, que toda la noche tuvo trabajo (hasta a veces por errores de sus propios compañeros) pero que respondió bien en su debut. La defensa se encontró en muchas ocasiones mal posicionada ante las contras de Guaraní y el ataque dependió más de los pivoteos de un Alario aislado que del juego elaborado de su mediocampo.

Apenas un tiro libre del ingresado Scocco y algunos cabezazos claros de Guaraní fueron las únicas chances de gol del segundo tiempo, que no tuvieron éxito en alterar el marcador.

El estadio sintió una sensación extraña al finalizar el partido. Hubo aplausos para el equipo, pero tan unánimes como la idea de que el rendimiento no estuvo a la altura de la circunstancias. Se trataba de un nuevo boleto a cuartos de final. Sin embargo, no había motivos para festejar. Extrañamente, el River de Gallardo se despedía en un partido decisivo del Monumental sin una victoria.

“Podemos dar mucho más y lo vamos a hacer”, declaró Gallardo en conferencia de prensa post-partido. Con la autocrítica justa, su discurso está en lo cierto. La realidad lo demanda: River está entre los 8 mejores de América.

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Rugby

La patada perfecta

Domingo 21 de mayo de 2017.

Primero, mirar:

http://www.espn.com.ar/video/clip/_/id/3220127

No hay que dejarlo pasar. Sí, fue un triunfo inolvidable. La gente de Tala, feliz. Regatas, en cambio, se quedó con las manos vacías en el último segundo. Los cordobeses sellaron el pase a semifinales del Nacional de Clubes con una patada perfecta. Un final inmejorable.

Pero fue mucho más que una patada.

El silencio de la gente ayuda a condimentar el video con piel de gallina. Es en la cancha de Regatas, en Bella Vista, y no en Córdoba, pero el público elige hacer silencio por unanimidad. Se respeta al rival con la premisa egoísta de que uno quiere ser respetado así si llega a estar ante la misma situación. Y con la educación, ante todo, del ejemplo. Porque la acción educa más que la palabra.

Si entra, mi equipo perderá y quedará eliminado. Si no, habrá tiempo suplementario y estaremos con vida en el partido y en el torneo.

Con toda la frustración posible, la pelota entra y, una vez más, el respeto vuelve a ser protagonista. Es una derrota, pero no hay reproches del público local para su equipo. No hay silbidos para el rival, que festeja sin problemas. Incluso la cancha se llena de fanáticos que entran a abrazar a sus jugadores y no hay necesidad de que intervenga la policía porque la violencia brilla por su ausencia. Si es que hay policías.

Si se pone atención, incluso se puede ver a algunos simpatizantes locales que optan por aplaudir. Las excusas se pierden y el mérito del rival es motivo de admiración. Admirar al otro me hace más grande, porque para aprender a ganar hay que aprender a perder.

Hay algo que está claro. El rugby no está exento de errores. Tiene mucho por mejorar, cambiar y corregir. Pero no es ese deporte del que hablan quienes escriben títulos polémicos y eligen etiquetas para vender más cuando hay malas noticias.

Así, en el medio de una ráfaga de críticas que llueven de todos lados, incluso de quienes hablan desde la ignorancia, el rugby se encargó de responder con el ejemplo. Ésa fue la verdadera patada. Gracias a Tala y Regatas por hacerlo evidente.

Fútbol

El fútbol de la desconfianza

Viernes 5 de mayo de 2017.

La desconfianza generalizada y la simplicidad del análisis en el periodismo deportivo arrojan una cuenta fácil de sacar. Uno, presidente de Boca y vicepresidente 1ro de AFA, influye para que el partido de la institución que dirige se dispute en el mismo horario que el de su clásico rival, River. Otro, presidente de Independiente y vicepresidente 2do de AFA, en la misma línea, mete mano para que un jugador de su club no sea cedido al mundial sub 20 que se disputará en Corea (del Sur). Un tercero, presidente de AFA, sin quedarse atrás, mueve montañas para que se le quite la sanción de tres partidos al mejor jugador del mundo y la Selección Argentina pueda contar con él para las últimas cuatro fechas de Eliminatorias para Rusia 2018.

Propongo eliminar los nombres propios. Dejar a un lado fanatismos y juicios personales favorece al sentido común.

1) El primer caso no es una excepción a la vorágine del fútbol argentino. Una vez que termine el Estudiantes-Boca del sábado, tres jugadores de Estudiantes de La Plata deberán viajar de inmediato y escoltados por la policía al aeropuerto de Ezeiza para su vuelo de las 23.30 con destino final al Mundial sub 20 de Corea. Esto no es un chiste.

El partido sufrió tres cambios de horario en un día hasta la confirmación de las 20.15, en simultáneo con River-Temperley. Según AFA, fue un pedido del APREVIDE (Agencia de Prevención de la Violencia en el Deporte) sin ningún tipo de detalle:

Fallo APREVIDE
El análisis arroja varias preguntas. ¿Por qué se modificó el primer horario de las 19.00? ¿Por la proximidad entre el vuelo de las 23.20 y el partido no es conveniente un horario más temprano? ¿Un horario así no facilitaría además a la seguridad?

Algunos espejos ayudan a encontrar soluciones. Éste sábado, el Barcelona jugará frente al Villareal a las 18.30 (horario español) por la fecha 36. La próxima semana, en la 37, será el domingo 20 de mayo a las 20.00 versus Las Palmas. ¿Por qué ellos pueden y nosotros no? Los horarios ordenados y anunciados con anticipación combaten la desconfianza y los arreglos por izquierda por fechas y horarios, que corren más en línea con la vieja AFA que con la promesa de la “renovación”.

A veces sirve el ejercicio de frenar un segundo para recordar que en Argentina dos estadios cercanos no pueden tener partidos en horarios similares porque las hinchadas se van a enfrentar y/o matar unas a otras (y a veces entre ellas mismas). O peor: que no pueden haber hinchas de dos clubes en una misma cancha porque, también, se van a matar entre ellos. Más allá de esta locura normalizada, si es que continúa el fútbol, no se entienden las razones que demoran la llegada de un fixture bien organizado.

2) El segundo caso, ése del club que no cede a un jugador al mundial sub 20, aclara las prioridades en el fútbol argentino: primero, yo, después, el resto y que sea lo que tenga que ser.

Hace dos años, el seleccionado local sub 20 quedó eliminado del mundial en primera ronda. Las críticas llovieron de todos lados. Falta de un proyecto largoplacista, extinción de los cracks, ausencia de un DT de renombre, etc. Hoy, a días de una nueva edición de la misma competición, varios clubes eligen no ceder a sus juveniles. La contradicción está parada en el escenario para que todos la podamos ver bien.

Un presidente se defiende mintiendo: “el jugador no fue convocado”. Un entrenador declara: “la decisión fue institucional”. Contradicciones que alimentan el hartazgo. Y el máximo ídolo del club pone sobre la mesa un nuevo argumento: “lo que pasa es que no sé si iba a ser titular” (en diálogo con el diario Olé). Como si la titularidad en el seleccionado tuviese relevancia en el debate.

Para un club, que los juveniles sean convocados a seleccionados nacionales debería ser motivo de orgullo. Debería. Y a la vez no debería ser una oportunidad para sacar ventaja del resto.

La simultaneidad entre la competición local y el mundial juvenil es inevitable. La existencia de una regla específica que determine que los juveniles deben ser cedidos a los seleccionados es -al contrario- necesaria.

La formación ordenada de los jóvenes en el deporte ayuda a su posterior inserción adulta. En este juego no vale optar por no ceder juveniles y luego quejarse. Que la queja sea amiga de la acción.

3) El tercer caso, para terminar de justificar las apariciones de manos negras en el análisis periodístico, es el del jugador que insulta a un árbitro, es penado por su inconducta y, apelación mediante, es finalmente liberado de toda multa económica y deportiva. Aclaración importante: el nombre del jugador no importa.

Esto forma parte del comunicado de FIFA sobre la resolución de hoy:

Fallo FIFA.jpg

Éste es el artículo 77. Prestar atención al inciso a).

Fallo FIFA 2

La conclusión no es compleja: “no hay razones suficientes” para sancionar la “falta grave” que no fue advertida por los árbitros durante el partido. Porque con “la concha de tu madre” no alcanza.

¿Por qué se da marcha atrás con la sanción? ¿Se libera la pena por miedo a tener que actuar de oficio para otros casos en el futuro? ¿Qué tendría de malo actuar de oficio en casos similares de ahora en adelante? ¿O la sanción se elimina porque se acepta que en el fútbol los jugadores insulten a los árbitros? ¿Qué precedente deja esto para el futuro? ¿Hasta cuándo se van a validar los insultos a los referees? Mientras tanto: ¿qué opinan ahora los que pensaban que a Argentina le habían metido la mano en el bolsillo?

El desorden propone muchas respuestas; las reglas justas propondrían solo una. Insultar al árbitro debería ser inadmisible, en cualquier lugar y para cualquier jugador.

Sacando los fanatismos, todos los análisis posibles dejan una fea conclusión: el fútbol es el deporte de los ventajistas. De nada va a servir escudarse ejemplificando con males de otros deportes. Cuando miren para adentro, difícilmente encontrarán algo confiable.

Y así no se puede seguir.

Rio 2016

Lange y Carranza: la magia del esfuerzo

Miércoles 17 de agosto de 2016.

“¿Esto es arte o esto es método?”, le preguntó el conductor Alejandro Fantino durante una entrevista de abril de este año a Hugo Alconada Mon, periodista icono del Diario La Nación especializado en casos de corrupción. La pregunta, claro está, apuntaba a descifrar si el método de investigación del periodista argentino era fruto de un meticuloso sistema o el resultado de su improvisación, lo que algunos pueden denominar como la histórica bifurcación entre esfuerzo o talento, trabajo o don, sacrificio o magia.

Aunque la consulta de Fantino apuntó a la labor de investigador de su entrevistado, bien cabe la analogía que saca a la luz su pregunta con el ámbito deportivo, donde hace décadas está instalado el combate entre actitud y talento, la batalla de lo laborioso versus lo innato. Ese peligroso camino ideológico que obliga, a veces inconscientemente, a tener que elegir a la hora de juzgar: Messi es lo que es por un talento natural o Messi pateó cuatrocientos tiros libres para llegar a la calidad que tiene hoy. La paradoja de la bifurcacion que impone la opción: es una cosa o la otra. Por eso, si bien no parece, para muchos actitud y talento no pueden ir plenamente de la mano: no hay talento en la actitud y no hay actitud en el talento, o hay actitud mínimamente necesaria para complementar al talento, más no.

Santiago Lange y Cecilia Carranza Saroli habían llegado a la Medal Race de la categoría Nacra 17 de ayer, una especie de final de “definición por penales” -segun describió Lange-, como líderes y claros candidatos a subirse al podio. Dependían, de todos modos, de un buen desempeño en la regata para lograr una medalla, porque sus competidores italianos, australianos y austríacos iban a jugarse el todo por el todo para superarlos.

Los obstáculos arribaron temprano para la dupla argentina: en la primera de cuatro marcas que tenía la carrera, sufrieron una penalización de los jueces que los obligó, como marca el reglamento, a realizar un giro de 360 grados para poder continuar. Una demora consecuente que les podía costar muy caro. Pese a que pasaron a estar últimos, cerca del último cuarto de la carrera ya marchaban terceros. El entendimiento de la división de roles fue el factor clave durante todos los Juegos para los regatistas argentinos: Lange, timonel de larga trayectoria en citas olímpicas, era la mente, el estudioso de los vientos, el ideólogo de los planes a seguir, y Carranza, la rosarina que complementaba tamaños y pesos con su par, era la ejecución, el esfuerzo físico para alcanzar los resultados. Sin embargo, cuando entraron a la tercera marca fueron nuevamente penalizados y finalizaron la prueba en la sexta posición. No fue la ubicación que habían anhelado.

En una de las penalizaciones de la regata, ante la adversidad inminente que enfrentaban, Carranza confesó haberle implorado a su compañero: “Hacé magia, Santi”, como pidiéndole que su talento los salvara del enredo en el que se habían metido. Sin quererlo, Carranza había respondido parcialmente a la pregunta de Fantino: el método no bastaba y había que acudir al arte. Y allí la tarea de Lange pasó a ser todavía más fundamental para recuperar los segundos perdidos.

Cuando cruzaron la meta, no supieron en qué posición habían terminado, hasta que de un bote cercano escucharon palabras doradas. Inmediatamente se abrazaron para festejar la hazaña de la primera medalla dorada en la historia del yatching argentino. Lloraron de alegría, miraron al cielo, sacaron a relucir una bandera argentina y recibieron juntos, minutos después, los abrazos de los hijos de Lange que habían nadado hasta el bote en un acto de euforia que valía la pena. No era para menos, su papá finalmente había logrado la medalla dorada en su sexto Juego Olímpico.

Luego siguieron los festejos al llegar a la orilla con familiares, amigos e hinchas argentinos. “Fuimos locales”, admitió la pareja ganadora, que resaltó esa condición como elemental para alcanzar la victoria. Tras dos medallas de bronce junto a Camau Espínola en Atenas 2004 y Beijing 2008, el timonel de 54 años había saciado su hambre dorada junto a la joven Carranza, que se convirtió en la segunda mujer en la historia del deporte argentino, tras la reciente medalla dorada de Paula Pareto, en alcanzar el oro olímpico.

Las lágrimas en el podio de ambos al escuchar el himno argentino sonar fueron el final soñado para la película: tanto esfuerzo había rendido su fruto. Porque Carranza acompañó a Lange durante su enfermedad para no perder el objetivo de estar en Rio 2016. Porque también Carranza se ocupó de conservar una dieta para mantenerse fuerte y de acudir al yoga, para que su mente estuviera al servicio de su cuerpo. Porque la pareja se instaló en Rio de Janeiro desde noviembre pasado para estudiar su escenario de competición. Porque para Lange, ese experto en leer los desafíos, tenían que conocer “cada metro de la bahía”.

Es entonces allí, precisamente en ese empeño interminable, donde aparece la sentencia a la histórica pregunta de la bifurcación. Carranza no se equivocó cuando le imploró a su compañero que salvara al equipo con magia. Para nada. La respuesta viajaba escondida en ellos mismos desde hace mucho tiempo: se trató, para mal de los divisores, de la magia del esfuerzo.

Lange y Carranza

Lange y Carranza se abrazan para celebrar al subir a la cima del podio.

Básquet·Rio 2016

La mochila del nene

Domingo 14 de agosto de 2016.

Para la semifinal del Mundial de básquet contra España en 2006 decidí faltar al colegio. Estaba en séptimo y no era de faltar ni de enfermarme, pero mi mamá, que siempre se quejaba si alguno de sus tres hijos no iban a clase, sabía que si un evento deportivo importante coincidía con el horario escolar no había ningún tipo de negociación posible: tenía que quedarme en casa para verlo. “Bueno, está bien. Te dejo faltar pero sólo a la mañana”, me había ordenado.

Los españoles, con los hermanos Gasol, la bomba Navarro, Garbajosa y demás, tenían un equipazo. Pero yo me tenía una fe bárbara: tenía animales defendiéndome. La selección de básquet no era un simple equipo de jugadores argentinos, eran héroes dorados que desde el mundial de 2002 se habían ganado nuestro amor. En la final de ese mundial habían estado a segundos de ser campeones contra Yugoslavia y se les había escapado el partido en los últimos segundos. Por eso, esta vez Manu Ginóbili, Pepe Sánchez, Luifa Scola, el Chapu Nocioni, Oberto y los demás no iban a dejar que les volviera a pasar. Iban a salir a comerse la cancha para llegar a una nueva final y ser campeones del mundo. Yo lo sabía.

Faltaba media hora para que arrancara el turno de la tarde en mi colegio y al partido le quedaban 30 segundos. Perdíamos 72-74. Aunque los últimos minutos veníamos siempre de atrás y España estaba jugando muy bien, nos habíamos puesto a dos puntos y la posesión era para nosotros. En una jugada preparada entre Manu y el LuifaManu probó de lejos y erró pero Scola batalló por un rebote y sacó la falta. Con el temple de los elegidos, los dos libres fueron adentro y empatamos el partido en 74.

En la posesión para los españoles, Pepe Sánchez cortó con falta a Calderón para forzarlo a ir a la línea faltando nada más que 19 segundos. Los nervios eran enormes. El primer libre fue afuera y el segundo, adentro. Con el partido 74-75 y sin tiempos para pedir, la pelota fue para Ginóbili, nuestro as de espadas encargado de cerrar los partidos. Con un doble suyo eramos finalistas.

Manu consumió unos segundos, encaró hacia la pintura y chocó ante una muralla española. Rápido de reflejos, ideó un pase a la punta donde estaba Nocioni solo. El Chapu, que había jugado casi 38 minutos y tenía 15 puntos, saltó en el aire y probó de tres. Era el cierre perfecto: llegar a la final ganando con un triple sobre la hora contra España para ir en búsqueda de un campeonato del mundo, lo único que le faltaba a esa generación que tanto nos había dado.

La pelota picó en el aro y salió disparada para arriba. Un español agarró el rebote y salió corriendo hacia la mitad de la cancha. El reloj llegó a cero. A un centímetro de alcanzar una revancha histórica, habíamos sido eliminados. Con mucha tristeza, armé mi mochila y me fui caminando al colegio. La ilusión se había terminado para mí.

Pero no para ellos. El Chapu supo que iba a convivir con esa imagen por el resto de su carrera y nunca se rindió: ese triple errado no lo iba a vencer, ni a él ni a ninguno de los monstruos que lo rodeaban. Entonces siguieron y lograron la medalla de bronce en Beijing 2008 y el cuarto puesto en Londres 2012. Once años después de Atenas 2004, en el preolímpico de México 2015, justo cuando todos pensábamos que era el final de la generación dorada, lograron la clasificación a Rio 2016, porque este equipo nunca iba a dejar que lo dieran por muerto.

Entonces ayer estábamos en Rio. Habíamos vencido a Croacia y Nigeria y perdido con Lituania. Necesitábamos ganar contra Brasil en su cancha para pasar a cuartos de final pero éstabamos jugando mal y a punto de perder: faltaban solamente 12 segundos y el partido estaba 82-85. Aunque teníamos la posesión, sólo nos salvaba un triple. Manu, ese que siempre supo cómo guiarnos, agarró la pelota y, tras un par de amagues, tiró de tres. “Es ésta o chau”, pensamos todos. La pelota dio en el aro, en el tablero y salió para afuera. “Ya está, es el final”, me dije a mí mismo mientras veía que algo raro pasaba cuando luchaban por el rebote. Y el nene adentro mío armó su mochila y pensó en salir para el colegio de vuelta.

Hasta que Campazzo agarró un rebote de película y se la dio a Nocioni para que probara otro triple. Entonces el nene se frenó y dejó la mochila en el piso por un segundo. El Chapu le estaba pidiendo que esta vez no se fuera al colegio, que confiara en él, que se quedara, que no era el final, que ellos nunca lo iban a dejar a gamba. Y fue ahí que sacó un tiro que rebotó en el aro, en el tablero y en el aro de nuevo. Y entró. Con un suspenso que nos paró el corazón a todos, estábamos 85 iguales.

El clásico siguió y después de dos tiempos suplementarios, Argentina le ganó 111-107 a Brasil y se clasificó a cuartos. En su cancha y perdiendo por 8 faltando dos minutos. El Chapu Nocioni, ese del fantasma del triple errado contra España en 2006, le había demostrado al nene que nunca lo iba a dejar solo, que jamás ninguno de los héroes dorados nos van a dejar solos.

A diferencia de Del Potro o Paula Pareto, el seleccionado de básquet todavía no se aseguró ninguna medalla en Rio, pero a falta de un partido para cerrar el grupo -justo contra España- ya nos han dado motivos de sobra para emocionarnos porque nos enseñaron que nunca van a darse por vencidos. Cada vez que el mundo los dio por muertos, ellos siempre estuvieron para nosotros y para levantar nuestras mochilas. Por eso, en la Argentina del “ganen o no vuelvan”, podemos decirles, pase lo que pase: vuelvan, por favor, que ustedes nunca pero nunca nos podrán abandonar.

Chapu Nocioni 3

El triple del Chapu Nocioni que salvó a la Argentina.
Rio 2016·Tenis

Nunca nos vamos a olvidar

Lunes 8 de agosto de 2016.

Del Potro le había ganado 7-6 el primer set a Djokovic y estaba 4-0 arriba en el tie break del segundo, ahí nomás de hacer historia y lograr lo imposible. Yo estaba nervioso prestando atención a la tele de la sala de estar de mi casa, con el cuello de mi remera tapandome la mitad de la cara, casi como sin poder ver el desenlace. Además de desear que terminara el partido, rezaba para que mamá no hiciera más preguntas sobre cuántos sets se debían jugar o qué fase estaban disputando, y para que papá no festejera puntos antes de que terminaran, porque además de gritar goles de River que no son, puede festejar en tenis pelotas que no terminan entrando. También rezaba, al mismo tiempo, para que mi hermano no emitiera alguna de sus típicas frases desafortunadas para cuando vamos ganando que aniquilan como una bazuca cualquier posibilidad de ganar. “Del Potro está ganando muy bien”, había dicho hace unos minutos y bastó para enojarme y convencerme de que con eso Djokovic iba a dar vuelta el partido.

Entonces apareció mi hermana, la única que faltaba, que bajaba de su cuarto y pasó por en frente nuestro de camino a la cocina, sin ni siquiera mirar la tele. “¿No mirás esto, Sofia? Vos estás loca”, le dijo mi mamá, tratando de preguntarse y de confirmar si se trataba de un robot sin sentimientos o de su hija. Mi hermana no respondió. A los segundos volvió a pasar por delante del televisor y preguntó: “¿Qué ranking tiene Djokovic?”. Inmediatamente sentí que su vida había perdido el rumbo para siempre. No había vuelta atrás: mi hermana era un robot. Miles de familias argentinas estaban presenciando un partidazo, una hazaña impredecible, seguramente sufriendo porque ante el mejor del mundo nunca se puede cantar victoria antes de tiempo, y ella, en cambio, no sentía nada.

Mi hermano se rió ante la obvia pregunta de mi hermana, que cualquier persona en su sano juicio hubiese sabido responder, y fue por esa risa que Sofia entró finalmente en razón. “No me digas que uno”, dijo sonriendo. “Sí”, le contestó mi hermano. Ella se alegró, siguió caminando y se fue de la sala. Internamente yo trataba de encontrar algún tipo de explicación por la que un argentino podía enterarse que Del Potro estaba a tres puntos de ganarle a Djokovic y no detenerse a ver la victoria, pero no había tiempo. Meterme en ese rompecabezas mental y descifrar qué pasaba por la cabeza de mi hermana era dejar de lado el partido y por nada iba a dejar que eso pasara.

Delpo ganó el punto y se puso 5-0 arriba. Por dentro supe -y supimos todos- que el partido ya no se iba a escapar. Un par de puntos del serbio pusieron al tie break 5-2 pero el tandilense respondió, intratable como durante todo el encuentro, y logró quedar a un punto del triunfo que hace unos años atrás era absolutamente impensado, porque en 2014 su temporada había terminado tempranamente en marzo por una lesión en la muñeca izquierda y porque en 2015 también en marzo y de nuevo por una lesión en la muñeca su participación en el circuito se había acabado. Después de tantas lesiones, de tantas operaciones e incluso de haber estado cerca de pensar en la idea de retirarse, Delpo estaba mostrandole a los argentinos y al mundo que lo imposible no existe.

Y no existe. En el match point el tandilense sacó un derechazo que dio en la faja y la pelota picó, como varias veces en la noche de Rio de Janeiro, del otro lado de la cancha. Papá gritó, mamá gritó, mi hermano gritó y yo grité también. Argentina gritó. Del Potro le había ganado al número uno del mundo con la celeste y blanca en el pecho. El abrazo en la red de los dos mostró las lágrimas de Delpo y dejó en claro, además, que si existiera un ranking de buenos perdedores, Djokovic también sería el número uno.

La noche se convirtió en un sueño y el argentino se sentó en el banco a llorar porque el corazón se le salía por la boca. Mientras tapaba su llanto con una toalla, debe haber pensado en todas esas veces en que la vida le dijo basta y él nunca dejó de volver a intentarlo. Un poco más tranquilo, después de un rato de festejar la hazaña con los hinchas, bromeó: “La gente por ahí se había olvidado que le pegaba fuerte de derecha”. Si fue así, perdonanos, Delpo. Fue la última vez. Podés quedarte tranquilo: nunca te vamos a olvidar.

Abrazo Delpo Nole

El abrazo de Djokovic y Del Potro tras el final del partido.
Rio 2016

3 razones para Rio 2016

Jueves 4 de agosto de 2016.

Los Juegos Olímpicos han sido históricamente el Mundial del deporte: un evento que por más de 15 días tiene a los fanáticos deportivos pegados al televisor, atentos a disciplinas que suelen disfrutar y abiertos a descubrir otros deportes que desconocen o, mejor dicho, que redescubren cada cuatro años. Todo con el agregado de que pueden, al mismo tiempo, alentar a su país. Un combo invencible que termina hipnotizando incluso a los indiferentes, que acaban igual o más comprometidos que los fanáticos de siempre.

La actividad olímpica comenzó ayer con varios partidos de fútbol masculino y femenino, pero el inicio formal de los Juegos será a partir de la ceremonia inaugural de mañana a las 20hs (horario argentino). Pese al miedo por posibles atentados, la poca fe puesta en la selección del vasco Olarticoechea y el bodrio que puede representar la inauguración, he aquí tres razones para -a partir de mañana- prestar especial atención a Rio 2016:

1) El horario.

Después de sufrir los insoportables horarios de Beijing 2008 y de tener que madrugar un poco para Londres 2012, la primer edición sudamericana en la historia de los Juegos Olímpicos asoma como una opción ideal para los argentinos, que compartimos el mismo horario con Rio de Janeiro. Como ya pasó en el Mundial de Brasil 2014, no hará falta despertarse a la mitad de la noche ni quedarse despierto hasta tarde para seguir los resultados. Todos los días podremos estar atentos al minuto a minuto. No hay excusas para quedarse afuera.

2) Los últimos Juegos…

Para varios de los mejores en su deporte, Rio 2016 será la última cita olímpica de la que participen. En el plano internacional, serán posiblemente los últimos Juegos para Usain Bolt (29 años) y Michael Phelps (31). El velocista jamaiquino, recuperado de un desgarro, intentará repetir lo hecho en 2008 y 2012, con medallas de oro en 100m llanos, 200m y 4x100m. Su foco estará, además, en mejorar su recórd extraterrestre de 19,19 segundos en 200m. El nadador estadounidense, por su parte, tras lograr el récord de 8 medallas doradas en 2008 y 6 doradas y 2 plateadas en 2012, intentará  -con menos presiones que Bolt- agrandar su leyenda en las Olimpiadas. Perderlos de vista será ignorar un pedazo de historia.

En el plano local, será la última oportunidad para ver a Manu Ginóbili y su generación dorada (Luifa Scola, abanderado argentino, Chapu Nocioni y Carlitos Delfino) en un Juego Olímpico. Después del oro en Atenas 2004, el bronce en Beijing 2008 y el cuarto puesto en Londres 2012, será más que emotivo ver a los viejitos que nos acercaron al básquet ir por su último esfuerzo. Cualquier medalla que puedan alcanzar será la frutilla del postre que merecen para cerrar sus carreras.

3) Las esperanzas de siempre.

Los argentinos tenemos varios motivos para ilusionarnos en Rio 2016. El primero es el seleccionado de hockey femenino, que buscará el único logro que le hace falta: la tan ansiada medalla dorada. Las Leonas llegan a los Juegos tras ganar su séptimo Champions Trophy -el primero sin Luciana Aymar- y desde Sidney 2000 que no bajan de un podio. Paula Pareto y Federico Grabich asoman como otros exponentes de la fe argentina. La judoca logró el bronce en Beijing 2008 y el oro en el Mundial de Judo de 2015, y el nadador santafecino se llevó el oro en los 100m libres de los Juegos Panamericanos de Toronto 2015.

En voley, tanto la dupla de beach voley femenino de Georgina Klug y Ana Gallay como el seleccionado de voley masculino, vienen de lograr el oro en Toronto 2015 y lucharán por alcanzar el podio en Rio. Por su parte, los Pumas Seven intentarán dar la sopresa en la primera inclusión del rugby en las Olimpíadas desde París 1924. La generación dorada peleará por agrandar su leyenda y Juan Martín Del Potro tratará de repetir su medalla de bronce de Londres 2012, esta vez con menos chances, por sus lesiones previas y por tener que enfrentar en primera ronda al número uno, Novak Djokovic.

Desde figuras mundiales hasta atletas locales, los motivos sobran para pegarse al televisor hasta el 21 de agosto. Esperemos que las esperanzas argentinas nos mantengan hipnotizados hasta el final.

Luis Scola saca una selfie acompañado del Presidente Macri y algunos atletas de la delegación argentina para Rio 2016.